viernes, 18 de marzo de 2011

GABRIEL CELAYA II

GABRIEL CELAYA Y LA MÚSICA.-


Hoy 18 de marzo, se conmemora el centenario del nacimiento del poeta Gabriel Celaya. Ya le dedicamos en día 17 de enero una página mostrando a los cantantes que se fijaron en sus poemas para ponerles música:

http://cancionypoema.blogspot.com/2011/01/como-el-pan-de-cada-dia-el-proximo-dia.html


El lunes 25 de abril se celebrará una fiesta-concierto para conmenorar este centenario en la sala Galileo Galilei organizada, entre otros, por mi amigo Fernando González Lucini.

Per hoy vamos a recordar los textos donde el poeta habla de la poesía con música y de la poesia social y lo que opinaba sobre estos asuntos. El primer texto apareció en la revista semanal de información general “Berriak” de San Sebastián, en 1976, y recogida en el libro Poesía y verdad:



LA POESIA CANTADA.-


Aunque personalmente prefiero que se lea mi poesía a que se escuche, no cabe duda de que cuantos cantan mi poesía y la de otros consiguen para nosotros una difusión que el libro hubiera tardado más tiempo en conseguir. Es sabido, dicho sea en la jerga de los lingüistas, que la propagación sincrónica es inversa a la diacrónica. Por ejemplo, como muchas veces he dicho, un best-seller que logra ser amplia y rápidamente reconocido, es también rápida y totalmente olvidado. Y en cambio, un libro que solo muy poco a poco logra abrirse paso, perdura a veces muchos años, e incluso siglos. El primero se propaga fácilmente porque es superficial, y precisamente por eso se agota pronto. El segundo, en cambio, justo porque  tiene más calado y navega en aguas más profundas, revela muy lenta y largamente sus secretos. 



Pero ¿en qué sentido puede decirse que la poesía cantada es superficial si a fin de cuentas su texto es muchas veces el mismo que el de un poema leído? ¿Cómo podemos decir que el acompañamiento musical resta valor a un poema en lugar de añadírselo como parece obvio a primera vista?



1977
Observemos: un poema leído, por fácil y ligero que sea, exige, si no concentración, un cierto esfuerzo de atención, y ya esto potencia la penetración de él. Por otra parte, el texto está ahí, intocable, y esto, a poco que nos guste, invita a la relectura o a una lectura sabia y realmente degustadora que se retarda e intensifica en ciertos puntos, y discurre más rápida en otros. Esto permite hacer muchas lecturas distintas –en lugar de la única del intérprete que canta-  y en último término contribuye también a enriquecer nuestra captación del poema, y convierte a todos los lectores en intérpretes personalmente distintos.



Veamos ahora cómo todo esto cambia cuando el poema en lugar de ser leído es escuchado. Advirtamos por de pronto que el oído es el más primario de los sentidos, el primero que se adquiere al nacer y el ultimo que se pierde al morir. El oído, según eso acusa, es el más global, el más envolvente, el más emocional, el más indistinto y unitario. Pero si éste permite, en la lectura, apresar al receptor y meterle en la intimidad del texto, cuando la poesía es oída tiende a crear un clima de contagio sentimental y un tipo de comunidad instantáneamente masificada que rebaja la categoría de la transmisión, pues como es sabido desde los tiempos de Gustave Le Bonn, el valor humano de una masa es inferior al de uno cualquiera de sus componentes.



En resumen, el canto rebaja la poesía en cuanto sustituye la transmisión de persona a persona, no por la trasmisión a un nosotros, sino a un informe e indiscriminado conjunto, que devora a cada uno de sus componentes, y retrotrae a todos y cada uno, empezando por el cantautor, a su primitividad.



La poesía cantada y la poesía escrita vienen a ser el “mester de juglaría” y el “mester de clerecía” de nuestra época, y lo mismo que éstos ayer, hoy viven en simbiosis. Pues si la poesía culta debe mucho a la refrescante savia popular, también la juglaresca se nutre de aquella, como lo demuestra el que nuestros cantantes escojan muchas veces a poetas conocidos para cantarlos.



Vaya con estas líneas mi agradecimiento a todos los cantantes que me han tomado en consideración: a Paco Ibáñez y a “Agua Viva”, a Ismael y a Soledad Bravo, y a Víctor Manuel, y a “Los Lobos”, y a “Neocantes”, y a otros que en este momento no recuerdo. La verdad es que todos nos ayudamos los unos a los otros, teniendo siempre presente que, como decía Lenin, al pueblo hay que darle siempre lo mejor, y no un arte rebajado como hacen los que todavía desconfían de su capacidad, y le tratan como si fuera un menor.



Cuando los cantautores degradaron la Poesía social traté de reanimar ésta recurriendo a un nuevo experimento: El lenguaje gráfico. Publiqué entonces Campos semánticos (1971) y, buscando nuevos caminos, pero incurriendo de hecho en el Neovanguardismo que tanto había condenado, tomé parte en actos y exposiciones de Arte concreto, defendiendo éstos.     








          

LOS SIETE PUNTOS DE LA POESÍA SOCIAL.- 


En 1952, en un prólogo de una antología poética, se le pidió que hiciera una definición de lo que entonces se llamaba “poesía social”. Entonces hizo una especie de manifiesto de siete puntos para definir, no solo su poesía, sino la de otros muchos poetas del momento, que se englobaron bajo este término Estos son los siete puntos que definen muy bien su pensamiento en cuanto a la misión del poeta:



CON ÁNGEL GONZÁLEZ Y CABALLERO BONALD
Primer punto.
Cantemos como quien respira. Hablemos de lo que cada día nos ocupa. No hagamos poesía como quien se va al quinto cielo o como quien posa para la posterioridad. La poesía no ese -no puede ser- intemporal o, como suele decirse un poco alegremente, eterna. Hay que apostar al “ahora o nunca”.



Segundo punto.
Hay quien reza beato: al tiempo al tiempo; y hay quien exige nervioso: cada cosa a su tiempo.



Tercer punto.
La poesía no es un fin en sí. La poesía es un instrumento entre otros para transformar el mundo. No busca una posteridad de admiradores. Busca un porvenir en el que, consumada, dejará de ser lo que hoy es.



Cuarto punto.
Nada de lo que es humano debe quedar fuera de nuestra obra. En el poema debe haber barro, con perdón de los poetas poetísimos. Debe haber ideas, aunque otra coa crean los cantores acéfalos. Bebe haber calor animal. Y debe haber retórica, descripciones y argumentos y hasta política. Un poema es una integración y no ese residuo que queda cuando en nombre de “lo puro”, “lo eterno” o  “lo bello” se practica un sistema de exclusiones.

La poesía no es neutral. Ningún hombre puede hoy ser neutral. Y un poeta es por de pronto un hombre.



Quinto punto.
La poesía es “un modo de hablar” Pero expresar no es dejar ahí, proyectada en un objeto fijo -poema o libro-, la propia intimidad. No es convertir en “cosa” una interioridad, sino dirigirse a otro a través de la cosa-poema o la cosa-libro.

Loa poesía no está encerrada y enjaulada en los poemas. Pasa a través de éstos como una corriente y consiste precisamente en ese pasar transindividual, en ese ser del creador y el receptor uno para el otro y en el otro, en ese contacto y casi cortocircuito de dos hombres que, más allá de canto puede explicarse, vibran a una.

El cortocircuito quema y deja en nada la materia verbal.



Sexto punto.
Nuestra Poesía no es nuestra. La hacen a través nuestro mil asistencia, unas veces agradecidas, otras, inadvertidas. Nuestra deuda -la deuda de todos y de cada uno- es tan inmensa que mueve a rubor. Aunque nuestro Señor Yo tiende a olvidarlo, trabajamos en equipo con cuantos nos precedieron y nos acompañan.



Séptimo punto.
Nuestros hermanos mayores escribían para “la inmensa minoría”. Pero hoy estamos ante un nuevo tipo de receptores expectantes. Y nada me parece tan importante en la lírica reciente como ese desentenderse de las minorías y, siempre de despaldas a la pequeña burguesía semi-culta, ese buscar contacto con unas desatendidas capas sociales que golpean urgentemente nuestra conciencia llamando a vida. Los poetas deben prestar voz a esa sorda demanda. En la medida en que lo hagan “crearán” su público y algo más que un público.              



Cuando luchamos, creamos,
somos de veras quien somos palpitando cara al cielo,
somos pura actividad,
y al CANTAR,
cantemos lo que cantemos, cantamos la libertad.


BIBLIOGRAFÍA.-

CELAYA, GABRIEL: Poesía y verdad. Barcelona: Planeta, 1979. Colección ensayo. ISBN: 84-320-3657-9.

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